Un Bukele mexicano
Cada vez que ocurre una masacre, un bloqueo del crimen organizado o sale a la luz un video de sicarios, aparecen las quejas y la desesperación ante una situación de inseguridad que no parece que pueda a mejorar. Muchas veces, ante esta situación, he leído una propuesta que es incómoda, pero tiene algo de sentido: necesitamos un Bukele mexicano.
Para quien no lo sepa, Nayib Bukele es el presidente de El Salvador. Bajo su mandato, logró convertir a su país, que alguna vez fue considerado uno de los más violentos del mundo, en uno de los más seguros de América Latina. San Salvador, la capital del país, fue durante años considerada la ciudad más insegura del planeta, por encima de todas las mexicanas. Desde entonces hasta hoy, los homicidios en esa ciudad han bajado 98%. Parece que en El Salvador ya tiene la fórmula perfecta. ¿Por qué no hacer lo mismo aquí?
La respuesta parece sencilla para quienes viven con miedo, pero la realidad es mucho más compleja. No hay duda de que Nayib Bukele consiguió algo que pocos creían posible. Durante décadas, las pandillas controlaron barrios enteros, extorsionaron a comerciantes y sembraron terror entre millones de salvadoreños. Hoy, la inmensa mayoría de la población puede caminar con una tranquilidad que antes parecía imposible. Esa transformación explica por qué Bukele mantiene niveles extraordinarios de popularidad.
Sería un error negar esos resultados únicamente por no simpatizar con él. Los resultados existen y millones de personas los experimentan todos los días. Sin embargo, también sería un error pensar que basta con copiar la receta.
El Salvador tiene poco más de seis millones de habitantes. México supera los 130 millones. Las pandillas salvadoreñas, aunque extremadamente violentas, no poseen el poder económico ni el armamento de los grandes cárteles mexicanos. Además, el crimen organizado en México controla rutas internacionales de narcotráfico, participa en el robo de combustible, la minería ilegal, la extorsión y muchas otras actividades que generan miles de millones de pesos. Combatir ese fenómeno requiere mucho más que encarcelar delincuentes.
Existe otro aspecto que tampoco puede ignorarse: diversas organizaciones nacionales e internacionales han cuestionado al gobierno salvadoreño por detenciones arbitrarias, restricciones al debido proceso y una creciente concentración del poder en el Ejecutivo. Hay personas detenidas por simplemente llevar tatuajes. Hay gente encarcelada sin tener acreditado ningún delito. Para algunos, ese costo es aceptable si el resultado es la seguridad. Para otros, representa un riesgo que puede destruir la democracia salvadoreña. Ese es el verdadero dilema.
¿Cuánta libertad estamos dispuestos a sacrificar para sentirnos seguros? No es una pregunta exclusiva de El Salvador. La historia demuestra que muchas sociedades han aceptado otorgar poderes extraordinarios a sus gobiernos durante épocas de crisis. Algunas recuperaron después el equilibrio institucional. Otras, nunca lo hicieron.
México enfrenta un problema distinto. Durante años hemos intentado estrategias que cambian con cada sexenio: primero la confrontación abierta, luego la idea de reducir la violencia atendiendo sus causas sociales y, más recientemente, una combinación de ambas. Los resultados siguen siendo insuficientes. Quizá la discusión no debería ser si necesitamos un Bukele, sino si necesitamos un Estado que haga cumplir la ley de manera constante, sin importar quién ocupe la Presidencia.
México no debería aspirar a encontrar un salvador político. Debería aspirar a construir policías profesionales, ministerios públicos que investiguen eficazmente, jueces honestos y un sistema de justicia capaz de castigar a los delincuentes sin renunciar al Estado de derecho. Es un camino mucho menos espectacular. Y, sin duda, menos popular. Pero también es el único que puede ofrecer seguridad duradera en un país tan extenso y complejo como México.
La pregunta, entonces, no es si México necesita un Bukele. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a construir instituciones tan fuertes como para ya no necesitar uno. Si no es así, el próximo presidente de México podría cometer detenciones arbitrarias y ser una amenaza para la democracia. Así, como Bukele. Todo en nombre de recuperar la seguridad.




